La obra, que presenta la rúbrica “G. Courbet”, exhibe una gran calidad ejecutiva con brillante juegos de luces y sombras sobre una capa cromática inferior rojiza. No solo el carácter objetivo y verista del paisaje concuerda con el realismo pictórico propio de las marinas del pintor Gustave Courbet, sino que la observación microscópica de la obra muestra unos pigmentos no industriales, propios del siglo XIX y habituales en el corpus artístico del pintor.